Juliana La Partera .
En la inmensa llanura manchega, en esta tierra de horizontes sin fin donde el viento silba entre los viñedos y las olivas parecen guardianes dormidos. Aquí, en un pueblo cualquiera de La Mancha ,cualquiera no ,en mi pueblo ,
,las parteras nacieron a la misma vez que la vida, con la vida misma.La casa baja de adobe y cal, con sus ventanas enrejadas y el corral al fondo ,una casa que huele a pueblo y sabe a pueblo ,con su escalón de piedra y las tirantillas de madera , en esa calle que esperaba que el futuro llegara en caballos de hierro ,allí se cuenta la historia .
Es enero, el mes más crudo: el agua se hiela en el puchero de barro sobre el fogón, las calles se visten de blanco nuclear, esa nieve fina y cortante que cubre los techos de teja curva fabricada seguramente en la tejera a orillas del Pellejeros .
El viento baja helado y entra por las rendijas de la puerta , pero dentro, en la habitación principal, el calor de la lumbre y las brasas del brasero luchan por mantener viva la promesa del nuevo día.
Las parteras ,esas mujeres de manos callosas por la siega, el lavado en la pila de piedra con el jabón de sosa y el ordeño de la cabra , llegan envueltas en mantones negros, con el delantal limpio y un zurrón de hierbas secas. No hay títulos universitarios, solo el saber heredado de abuelas y vecinas: saben cuándo apretar la cintura con una faja de lana, cuándo dar infusiones de salvia para calmar el dolor, cuándo susurrar oraciones a la Virgen o a Santa Ana para que la criatura venga bien colocada.
El olor a vida inunda la habitación: sábanas limpias recién tendidas con almidón, jabón de sosa de aquellos que olían a limpio antiguo, a lejía y a sol tendido en el tendedero del patio. Hay también olor a aceite de oliva virgen que se calienta en un plato para masajear el vientre, a humo de romero quemado en un brasero para ahuyentar el mal de ojo, y ese olor profundo, animal y dulce, del parto mismo: sangre tibia, sudor, y la primera respiración que rompe el aire quieto.La partera principal, la Juliana la partera y de ayudantes ,las abuelas , las tías , las primas mayores , Juliana se mueve con calma sabia. "Respira hondo, hija, que la criatura ya viene asomando", dice con voz ronca mientras sostiene la mano de la madre. Las tías ayudan: una calienta agua en el puchero helado, otra reza el rosario en voz baja, otra prepara paños de lino blanco. No hay anestesia, no hay monitores, solo la fuerza de las mujeres unidas en círculo, hermandad pura en medio de la llanura desierta.Y cuando el llanto rompe el silencio ese primer grito que parece eco de todos los nacimientos desde que el mundo es mundo.
La partera corta el cordón con tijeras antiguas, envuelve al niño en una manta de lana hecha a mano, y lo pone sobre el pecho de la madre.
Fuera, la nieve sigue cayendo,padre y los tíos fuman alrededor de la chimenea mirando el potaje que cuece lentamente en el puchero ,mientras hablan del precio de la aceituna , frente a la chimenea donde tantas veces se calentaron los sueños y el avio ,donde cuelgan las morcillas y los recuerdos de los que ya no están aquí y dentro en el dormitorio la vida ha ganado otra batalla, la de los partos en casa, sin miedo al frío porque el calor humano lo vence todo.
Las parteras , oficio de mujeres para mujeres ,aquellas mujeres que traían al mundo a generaciones enteras sin más paga que una hogaza de pan , una arroba de aceite o la gratitud eterna. Hoy, en esos mismos pueblos, las abuelas aún cuentan estas historias al calor de la mesa camilla y en sus ojos brilla el recuerdo de aquellas noches de enero en que la Mancha paría vida bajo la nieve
publicado Ángel Luis Triviño Murcia..
Fotografía de Vicente Rubio .
Boda de Juliana La Partera 1926.

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