La Feria


 


Recuerdos amontonados en el baúl de los trastos viejos.
Al abrirlo, me golpea el olor a bolas de polilla, a esa naftalina que dicen ahora, y con él, como una corriente invisible, sube el polvo del pasado. Asciendo al desván de la memoria y, casi sin querer, tropiezo con los días de feria.

Ahí están, desordenados, mezclados entre calcetines blancos y el aroma inconfundible del Kanfort. Más allá, la voz de Domingo, el del puesto del Cigarrón, resuena nítida:
—¡A peseta, a peseta!

Cinco duros tintinean en el bolsillo del pantalón, tesoro suficiente para gastarlo en los cacharricos o en los coches de choque del Turia. Todo era ruido, luces, polvo, risas. Recuerdos que, como un Mecano, se construyen pieza a pieza con el paso del tiempo.

Miro alrededor: maletas de cartón apiladas, la tómbola repleta de premios imposibles, los futbolines con el sebo que ennegrecía las manos, el puesto de turrón y las agarrapiñas que brillaban bajo las bombillas de colores de la pista del baile .

 El moraleño voceaba:
—¡Otra más para el cubo!
Y en su mano danzaban garrotillas de caramelo, chupones colgados de las cuerdas.

Dábamos vueltas por la calle Real y la plaza, con las manos pegajosas y negras de tanto girar las barras del futbolín.Bajonlas mesas del bar la Campana y el Norte las chapas de Mirinda y de Pepsi nos tiran al suelo ,los bolsillos llenos y las rodillas guarras.

. La camisa blanca ya no lo era tanto. Y entonces llegaban las voces, las regañinas desde la distancia, como un eco familiar que cerraba la jornada.

Polvo, feria y memoria. Todo mezclado, guardado, esperando en el mismo rincón del baúl donde duermen los trastos viejos y los días felices que ya no vuelven, pero siguen oliendo a Kamfort.


Fotografía de Ángel Sánchez "San"

Cedida por la familia Sánche

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