Recuerdos amontonados en el baúl de los trastos viejos. Al abrirlo, me golpea el olor a bolas de polilla, a esa naftalina que dicen ahora, y con él, como una corriente invisible, sube el polvo del pasado. Asciendo al desván de la memoria y, casi sin querer, tropiezo con los días de feria. Ahí están, desordenados, mezclados entre calcetines blancos y el aroma inconfundible del Kanfort. Más allá, la voz de Domingo, el del puesto del Cigarrón, resuena nítida: —¡A peseta, a peseta! Cinco duros tintinean en el bolsillo del pantalón, tesoro suficiente para gastarlo en los cacharricos o en los coches de choque del Turia. Todo era ruido, luces, polvo, risas. Recuerdos que, como un Mecano, se construyen pieza a pieza con el paso del tiempo. Miro alrededor: maletas de cartón apiladas, la tómbola repleta de premios imposibles, los futbolines con el sebo que ennegrecía las manos, el puesto de turrón y las agarrapiñas que brillaban bajo las bombillas de colores de la pista del baile . ...
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